EL LABERINTO DE LAS ÁNIMAS

LA MALDICIÓN DE TRASMOZ

En la provincia de Zaragoza, ubicado a pies del Moncayo, y a escasos kilómetros del Monasterio de Veruela, se encuentra el municipio de Trasmoz. Un pueblo rodeado de halo y misterio. Esta localidad ha dado lugar a leyendas sobre brujas y ritos paganos.

Son muchas las leyendas que han surgido en torno al pueblo y su castillo, que se dice fue construido por el mago Mutamín en tan solo una noche tras haber realizado un pacto con el diablo. Además, durante años se dijo que el pueblo estaba encantado, que las brujas del lugar lanzaban hechizos y males de ojo, además de celebrar aquelarres y fiestas paganas.

La realidad es que, durante el siglo XIII, sus habitantes forjaban monedas falsas. Para evitar que se investigara todo ese martilleo, difundieron el rumor de que las brujas y los hechiceros hacían sonar cadenas y movían calderos para hervir pociones mágicas por la noche. De esta forma, se comenzó a asociar esta localidad con la brujería y el castillo fue visto como un lugar tenebroso en el que las brujas se reunían para celebrar sus aquelarres y perversos rituales.

Pero este no era el único problema ya que, mientras la comarca se encontraba bajo la influencia del Monasterio de Veruela, esta pequeña localidad se encontraba bajo el poder de la Corona, lo que dio lugar a constantes enfrentamientos entre el Monastario y el pueblo de Trasmoz, que siempre se resistió a que el monasterio impusiese su control sobre el territorio. Tales eran los enfrentamientos, que ambas partes se enfrentaron por los recursos naturales de la zona.

Pero en el año 1255 los rumores sobre las prácticas paganas en dicha localidad se extendieron más allá de los límites de la aldea, oportunidad que el abad Andrés de Tudela, del Monasterio de Veruela, decidió aprovechar para castigar a los habitantes de Trasmoz. El castigo, cuyo permiso había sido previamente solicitado al arzobispo de Tarazona, no fue otro que excomulgar a todo el pueblo.

No obstante, el castigo no se detuvo ahí. Siglos más tarde, en 1511, los conflictos por los recursos naturales volvieron a surgir. Según se relata, el agua que llegaba al pueblo atravesaba el Monasterio de Veruela. Pero el curso del agua fue desviado y este necesario recurso dejó de llegar al pueblo. En ese momento, el monarca Fernando II intervino y concedió la razón al señor de Trasmoz. Tal fue la rabia de la iglesia que, con el permiso del Papa Julio II, lanzó una maldición al pueblo. Esta maldición se realizó cubriendo una cruz con un velo negro, mientras que todos los monjes del Monasterio realizaban la lectura del Salmo 108, cuyo contenido mostraba una maldición de Dios contra los enemigos. Así mismo, con cada frase que se recitaba, se daba un toque de campana para dar constancia de ello.

En ese momento, la aldea se convirtió en el único pueblo excomulgado y maldito.

Los siglos pasaron y las malas prácticas continuaron desarrollándose en esta localidad. La aparición de brujas era constante. Prueba de ello fue la existencia de la Tía Casca, quien se convirtió en la bruja más célebre de la localidad. Se trataba de una curandera, como todas las mujeres a las que llamaban “brujas” en aquella época. Desgraciadamente, sus actividades coincidieron con una época de plagas en la que los niños enfermaban, los animales morían, y los cultivos se estropeaban. Los habitantes del pueblo, pensando que era ella quien provocaba todos aquellos males, decidieron tomarse la justicia por su mano. En el año 1850, la arrojaron desde el monte sobre el que se alzaba el imponente castillo. Pero, pensando que aquello pondría fin a todos los problemas, obtuvieron todo lo contrario, pues aquella mujer lanzó una maldición. Desde ese día, vaga por el barranco desde el que fue arrojada, despeñando a todo aquel que tenga el valor de acercarse a ese lugar.

La fortuna quiso que, poco después de tan trágico suceso, llegase al Monasterio de Veruela el poeta Gustavo Adolfo Bécquer, para tratar de recuperarse de la tuberculosis que padecía. Debido a la cercanía del Monasterio con el pueblo, el autor pudo recoger en su obra de 1864 “Cartas desde mi celda” los diferentes sucesos que en la aldea sucedían. Así mismo, describió a la Tía Casca de la siguiente manera: "Me bastó distinguir sus greñas blancuzcas que se enredaban alrededor de su frente como culebras, sus formas extravagantes, su cuerpo encorvado y sus brazos disformes, que se destacaban angulosos y oscuros". Además, fue él quien dio a conocer que el alma de la bruja erraba en pena al añadir a sus líneas "y no era querida ni por Dios ni por el Diablo".

Pero aquella no fue la única bruja famosa en la aldea. Otra importante bruja fue Dorotea quien, sobrina de un párroco que intentó exorcizar el lugar, fue víctima del encantamiento de otras brujas que allí vivían. Por otro lado, se hace mención a la Tía Galga y su hija, quienes realizaban lecturas del destino y potajes milagrosos que solucionaban problemas al usar plantas recogidas del Moncayo.

Los años siguieron pasando, y las antiguas tradiciones no se perdieron. Durante el día de las ánimas, los habitantes de Trasmoz realizaban en el cementerio una procesión en la que las mujeres vestían de negro y los niños de blanco. Durante este acto, debían encender una vela por cada uno de sus difuntos e introducirlas dentro de calabazas que se situaban en el camino de la procesión de las ánimas. La persona que no lo hiciese así, corría el riesgo de ser perseguida por el espíritu del familiar hasta que su vela estuviese colocada.

Actualmente, el pueblo continúa excomulgado y maldito. Pasear por sus calles implica encontrarse con escobas en los balcones, muérdago en las ventanas y gatos negros por las calles. En este lugar, para mantener viva la tradición, cada año durante el mes de julio tiene lugar un popular encuentro en el que se elige a la Bruja del Año. Así mismo, se celebra la feria de la brujería. Es en estos momentos cuando el pueblo vuelve a su pasado, recreándose una caza de brujas y un aquelarre. Pero la tradición no se queda aquí pues, el último sábado de octubre, noche en la que se celebra “La Luz de las Ánimas”, el pueblo queda iluminado únicamente con la luz de las velas de las calabazas que sus habitantes colocan por las calles.

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